“No hay una correlación entre tener fe y ser una mejor persona”: Mauricio García Villegas

El diario El Espectador de Colombia ha publicado un fragmento del libro “El país de las emociones tristes”, de Mauricio García Villegas, de Editorial Planeta.


Religiones y patrias

Las religiones, sobre todo las monoteístas, han sido la fuente de la verdad y de la moral. La verdad religiosa no se puede confrontar, es verdad y punto. En la India hay una secta que adora una imagen sagrada que llora, pero solo lo hace cuando sus fieles tienen la cabeza agachada, en actitud de reverencia; en tanto levantan la mirada, deja de llorar. Nadie la ha visto derramando una lágrima, pero todos creen que llora. Cuando yo era niño, en Manizales, había una tía que les tenía pavor a las tormentas y cuando tal cosa ocurría, rezaba para pedir que cesara el mal tiempo; lo hacía durante unos diez minutos, que es, más o menos, el tiempo que duran las tormentas en esa zona. Los creyentes que se curan yendo a rezarle a la Virgen de Lourdes son una minoría. El Vaticano acepta la ocurrencia de sesenta y cinco milagros, entre los cientos de millones de personas que han ido para encontrar una cura a sus males. El porcentaje de milagros, dice Carl Sagan, es mucho menor que el porcentaje de personas que se curan solas, sin remedios ni milagros. No hay milagros, pero los creyentes no reparan en las estadísticas. Hasta por lo menos el siglo XVII, la fe y la ciencia vivían en una cierta armonía, pero eso solo era posible en la medida en que esta última confirmara lo dicho en los libros sagrados. Todavía hay creyentes que siguen pensando de esa manera: en los Estados Unidos, el cuarenta por ciento de la gente está convencida de que el planeta Tierra, con todas sus especies animales, incluido el Homo sapiens, fue creado por su dios hace unos diez mil años. Las religiones tienen una explicación para todo y nunca es posible convencerlas de error pues cuando algo es contrafáctico, siempre están cosas como los “designios impenetrables de Dios”, para despejar las dudas. “Dios sabe cómo hace sus cosas”, decían en La Matilde cuando algo parecía no cuadrar en los planes divinos.

El poder de las religiones para separar el bien del mal es quizás más importante que su poder para decir lo verdadero. Por fuera incluso del fanatismo religioso, los creyentes están convencidos de que sin la fe la condición moral de la gente se viene al piso. Esto explica, por ejemplo, el hecho de que haya tan pocos políticos que se declaren ateos. En los Estados Unidos, por ejemplo, ninguno de los quinientos treinta y cinco miembros del Congreso se dice ateo, a pesar de que según encuestas recientes del Pew Research Center alrededor del cuatro por ciento de la población del país es atea y cerca del doce por ciento se considera no creyente.

El patriotismo es un sentimiento tan fuerte como la fe. El amor a la patria (o al país) es como el amor a Dios. Sócrates aceptó la muerte injusta que le impusieron porque estimaba que el respeto de las leyes de su patria era superior a su propia vida. Por la patria la gente se emociona, se congrega, se alborota, goza, canta, se enorgullece y, en algunos casos, se hace matar. “Morir por la patria es la más bella de las suertes; la más digna de envidia”, decía Rouget de Lisle, el autor de La Marsellesa. Pero también está los que han renegado del sentimiento patriótico. León Tolstoi decía que se trataba de algo estúpido e inmoral: estúpido porque cada patriota cree que su país es el mejor, sin saber que solo uno podría tener tal calificativo, e inmoral porque conduce a la guerra, lo cual contradice el principio básico de la moral que ordena no hacer a los demás aquello que los demás no deberían hacer con nosotros. Y agregaba esto: “Cuando pienso en todos los males que he visto y sufrido a causa de los odios nacionales, me digo que todo ello descansa sobre una odiosa mentira: el amor a la patria”. Montesquieu, por su parte, decía que si algo era útil para su patria (Francia) pero perjudicial para la humanidad, él lo consideraba un crimen. Y más cerca de nosotros, Bernard Shaw sostenía que el patriotismo es la convicción de que su país es superior a todos los otros porque usted nació en él.

Algunos, como Alasdair MacIntyre, consideran que entre los dos extremos que acabo de mencionar, entre Rouget y Tolstoi, es posible defender la idea de que la patria nos impone deberes morales. El país natal es como una madre que nos da lo que somos y por eso estamos moralmente atados a ella, para defenderla y protegerla. Pero ¿qué pasa cuando esa comunidad a la que uno pertenece está gobernada por tiranos, imperialistas o colonialistas? ¿Qué actitud tomar cuando las mayorías de esa comunidad piensan en contravía de valores universales en los que uno cree? ¿Qué hacer cuando el interés nacional conlleva el menoscabo de otros países, de sus intereses y de su gente? Los revolucionarios franceses ponían la dignidad humana por encima de todo, pero eso no les impidió mantener sus intereses coloniales en Haití. Los bolcheviques decían que los obreros de todo el mundo eran hermanos, pero pusieron los intereses de la Unión Soviética por encima de cualquier nación que compitiera con ellos.

Cuando se quiere a alguien, se le quiere con cierta incondicionalidad, perdonando sus defectos, o al menos tolerándolos. Allí hay, con ciertos límites, un deber moral. En el caso de los países o de las sociedades, semejante entrega no me parece ni justificada ni sana. El amor a la patria no es de la misma naturaleza que el amor a la madre. La exaltación de las virtudes nacionales acompañadas de la vista gorda frente a los defectos es una actitud malsana. Todos los países, como las personas, en grados diferentes, tienen sus virtudes y sus defectos, sus glorias y sus miserias. Los estereotipos de los países los crean personas, no son el producto de la genética o del lugar del nacimiento. El llamado “espíritu de cuerpo”, que lleva a los miembros de un grupo a esconder los delitos de algunos de sus miembros, como suele ocurrir con la Iglesia católica, con el ejército y con muchas otras instituciones, me parece nocivo. Algo de eso tiene el chovinismo, que ciega con esa ceguera que el dicho popular castiga diciendo que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El progreso moral de la humanidad va de la mano con nuestra capacidad para abarcar porciones ampliadas de tiempo y espacio. En la Edad Media los pueblos vecinos eran como países enemigos, cada cual con sus costumbres, su gobierno y hasta su dialecto. Las fortificaciones que todavía quedan en pie son testimonios de la hostilidad que reinaba en la vida de esos tiempos. Frente a la amenaza de un invasor los pueblos que antes se odiaban se juntaron para defenderse. El enemigo común acabó con sus discordias del pasado. Se conocieron mejor, compartieron sus costumbres y las diferencias que antes los separaban fueron haciéndose más tenues y quedando en el pasado. Así descubrieron que eran más parecidos de lo que pensaban y que las grandes diferencias del pasado eran más imaginarias que reales; como decía Montaigne, se dieron cuenta de que lo bárbaro no era otra cosa que “lo ajeno a su costumbre”. Cuando varios pueblos se unieron conformaron ejércitos grandes, con soldados que venían de muchas partes, depositarios de costumbres y dialectos distintos. Esos ejércitos y las escuelas públicas que recibieron a sus hijos fueron el crisol donde se formó la cultura nacional. El espíritu nacional creó mecanismos de cooperación y solidaridad eficaces y comprensivos. “No somos dioses —dice Jonathan Haidt—, pero podemos ser buenos jugadores de equipo”, y los países han sido los equipos en donde mejor hemos jugado. Pero es posible que allí, en esos espacios nacionales, nuestros logros se estén agotando; que así como los elefantes no colaboran en grupos de más de ciento veinte individuos, nosotros no seamos capaces de colaborar en grupos de más de quinientos millones (China es un caso raro). Creer que somos diferentes de aquellos que no hablan nuestra lengua, no nacieron en nuestro territorio o no comparten nuestras creencias es, como también decía Montaigne, un efecto de óptica, un sesgo derivado en nuestra incapacidad para ponernos en la posición del otro. Las agrupaciones nacionales de hoy, tan incluyentes en tiempos pasados, se han convertido en los parroquialismos del siglo XXI. El mundo actual está organizado de una forma que favorece y hasta exige el fortalecimiento del interés nacional con consecuencias similares a las del dilema del prisionero, es decir de racionalidad individual con catástrofe colectiva. Defender al grupo con empeño fue un avance evolutivo que nos ayudó a sobrevivir en un mundo hostil, de riñas y guerras. Nuestra cultura grupal viene de esas épocas remotas, pero en los últimos cien años, con la sobrepoblación del planeta, esa cultura parece contraproducente. Ahí está la ambivalencia del tribalismo: una fuerza altruista destinada a los miembros del grupo, que corre paralela a una fuerza egoísta dirigida a los que están por fuera. Nuestra especie no es un grupo, por lo menos hasta ahora. La oxitocina, el neurotransmisor producido por el hipotálamo (la droga del amor), nos hace empáticos con los nuestros, pero no con la humanidad, en su inabarcable amplitud. Si tuviésemos que enfrentar a un invasor extraterrestre, tal vez podríamos sentirnos parte del mismo grupo, pero ese no es el caso. El tribalismo sin un enemigo visible es demasiado abstracto; no lo capta nuestra homeostasis. Norbert Elias mostró cómo el proceso de civilización ha consistido en ampliar los grupos, en pasar de la familia al clan, del poblado a la ciudad y a la nación. Es probable que esa tendencia siga; la pregunta es si avanza con la suficiente rapidez para detener las pulsiones destructivas que hoy vemos. La tensión tribal continúa, menos para eliminar al otro, que para vencerlo en la lucha por los recursos escasos que existen. El problema es que la supervivencia de los grupos depende cada vez más de las condiciones en las que ambos actúan, por ejemplo, el clima y el aire. La competencia actual amenaza menos a la parte perdedora, que a esas condiciones que son como el piso firme en el que ambos contendores están parados. El egoísmo se autodestruye. Estas son las paradojas de las llamadas “tragedias de los comunes”, en donde la opción de perseguir el interés individual o del grupo, resulta siendo la peor posible. Lo más cercano a un enemigo planetario es una catástrofe global, como la pandemia del coronavirus. Ojalá que algo así cree nuevos lazos de solidaridad que detengan la autodestrucción. Pero eso está por verse. Si alguna esperanza tiene la especie humana, ella consiste en lograr cambios culturales rápidos que adapten nuestras emociones tribales de antes a las condiciones actuales, con nuevos y reforzados niveles de entendimiento y colaboración. Desde la Grecia antigua existe un pensamiento que defiende esta idea: el cosmopolitismo. Su aceptación ha sido muy limitada, si no en la teoría, sí en la práctica. Es posible que, en el futuro próximo, ante las evidencias de la necesidad de colaboración planetaria, las cosas cambien. Ello depende de que logremos atenuar, o modificar (no digo eliminar) dos pulsiones tribales poderosas en el mundo actual: la religión y el nacionalismo, y de que, con ello, cambie el balance de nuestros arreglos emocionales. Ojalá eso ocurra por medio de un acuerdo racional y pacífico entre los grandes poderes del mundo. Pero tal vez es más probable que se necesite una tragedia para despertar nuestros impulsos homeostáticos. Las guerras y las pandemias afectan los balances emocionales de la gente, sus valores y sus gustos, y eso sí produce cambios drásticos. Muchos de los sobrevivientes de enfermedades terribles suelen cambiar radicalmente su modo de vida cuando se alivian. Con los países puede pasar algo similar; después de una guerra o de una pandemia, la gente empieza a sentir distinto, a cambiar sus prioridades, sus deseos, su concepción de lo justo y de lo bueno. Eso fue lo que pasó tras la crisis de 1929 y luego en la posguerra mundial: el hambre de millones de personas cambió la sensibilidad de la mayoría de la población e hizo que los ricos estuvieran dispuestos (o se vieran forzados) a hacer cosas que nunca antes habían aceptado, como pagar impuestos altos y dejar que el Estado regulara sus negocios. La población, por su lado, aceptó que el Estado tuviera poderes extraordinarios para intervenir en la sociedad, lo cual era visto antes como despotismo. Estos cambios crearon en Europa y los Estados Unidos sociedades más justas, con una clase media ampliada y con un Estado autónomo y proveedor de bienes públicos. Claro, justo después de la crisis del 29 vino la hiperinflación alemana y luego el nazismo. Nada está asegurado. Todo depende de lo que hagamos. La pandemia del coronavirus ha despertado, o fortalecido, muchos sentimientos empáticos: con la gente que ha perdido su trabajo; con los médicos y las enfermeras que asisten a los infectados; con los científicos que buscan explicaciones y soluciones; con los animales, que han salido por todas partes aprovechando nuestro encierro; con algunos millonarios que han donado grandes cantidades de dinero; con los viejos que están en peligro; con la gente que hace trabajo humanitario; con los artistas que nos entretienen en el encierro; con los vecinos del barrio y del resto del mundo que vemos en la misma situación; con el sistema internacional de salud, e incluso con los gobernantes, sin importar de qué partido son. Es posible que esta pandemia no cambie el mundo de la noche a la mañana. Pero es probable que cambie los balances emocionales de la gente, sus intereses y sus gustos, sin importar nacionalidades o culturas. El impacto emocional será global y relativamente homogéneo, y ahí puede estar la semilla de nuevos movimientos sociales que, conectados globalmente y sin pasar por los vericuetos de los sistemas políticos nacionales, encuentren la manera de incidir en los grandes poderes del mundo. Cuando varios pueblos se unieron conformaron ejércitos grandes, con soldados que venían de muchas partes, depositarios de costumbres y dialectos distintos. Esos ejércitos y las escuelas públicas que recibieron a sus hijos fueron el crisol donde se formó la cultura nacional. El espíritu nacional creó mecanismos de cooperación y solidaridad eficaces y comprensivos. “No somos dioses —dice Jonathan Haidt—, pero podemos ser buenos jugadores de equipo”, y los países han sido los equipos en donde mejor hemos jugado. Pero es posible que allí, en esos espacios nacionales, nuestros logros se estén agotando; que así como los elefantes no colaboran en grupos de más de ciento veinte individuos, nosotros no seamos capaces de colaborar en grupos de más de quinientos millones (China es un caso raro).

Creer que somos diferentes de aquellos que no hablan nuestra lengua, no nacieron en nuestro territorio o no comparten nuestras creencias es, como también decía Montaigne, un efecto de óptica, un sesgo derivado en nuestra incapacidad para ponernos en la posición del otro. Las agrupaciones nacionales de hoy, tan incluyentes en tiempos pasados, se han convertido en los parroquialismos del siglo XXI. El mundo actual está organizado de una forma que favorece y hasta exige el fortalecimiento del interés nacional con consecuencias similares a las del dilema del prisionero, es decir de racionalidad individual con catástrofe colectiva.

El tribalismo sin un enemigo visible es demasiado abstracto; no lo capta nuestra homeostasis.

Norbert Elias mostró cómo el proceso de civilización ha consistido en ampliar los grupos, en pasar de la familia al clan, del poblado a la ciudad y a la nación. Es probable que esa tendencia siga; la pregunta es si avanza con la suficiente rapidez para detener las pulsiones destructivas que hoy vemos. La tensión tribal continúa, menos para eliminar al otro, que para vencerlo en la lucha por los recursos escasos que existen. El problema es que la supervivencia de los grupos depende cada vez más de las condiciones en las que ambos actúan, por ejemplo, el clima y el aire. La competencia actual amenaza menos a la parte perdedora, que a esas condiciones que son como el piso firme en el que ambos contendores están parados. El egoísmo se autodestruye. Estas son las paradojas de las llamadas “tragedias de los comunes”, en donde la opción de perseguir el interés individual o del grupo, resulta siendo la peor posible. Lo más cercano a un enemigo planetario es una catástrofe global, como la pandemia del coronavirus. Ojalá que algo así cree nuevos lazos de solidaridad que detengan la autodestrucción. Pero eso está por verse.


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